Como cada jueves por la tarde, regreso a casa con el ánimo por los suelos. Es el día en que me enfrento a la tarea de enseñar, educar, mediar e incentivar a alumnos de 11 y 12 años de edad. Tras casi veinte años enseñando en todos los niveles, pienso que lo mejor es tirar la toalla y despreocuparme, lo que redundará en beneficio de mi salud, siquiera la mental. Mi sensación es ampliamente compartida por quienes se enfrentan a los niños a partir de esa edad. Por eso me resulta fácil echar mano de algunos artículos de los últimos que he leído sobre la materia y consolarme con las opiniones de otros colegas que, aunque desconocidos, parecen haber compartido mis penas durante mucho tiempo. También, obviamente, está el docente que intenta medrar negando la mayor y haciendo el caldo gordo a los politiquillos educativos, con la clara intención de escapar precisamente de la docencia.
Paso, pues, a comentar algunos de estos artículos: