"Nos dirigimos hacia una sociedad del conocimiento", rezan las proclamas más habituales de quienes aseguran trabajar para conjurar la crisis económica y educativa en la que estamos inmersos. En en una cultura entregada al slogan fácil, de "buen rollo", liviano y alentador, no es de extrañar que la mayoría asuma, interiorice y expanda "verdades" tan universales.
¿Quién va a levantar la voz contra unos cambios, casi podríamos decir contra una revolución, que no tienen otro objeto que conducirnos lo antes y mejor posible hacia esa sociedad del conocimiento? ¿Quién, sino un desquiciado, osaría poner en tela de juicio las bondades de Bolonia, de las reformas educativas, de la liberalización de escuelas, intitutos y universidades, de la virtualización de la educación gracias a la introducción masiva de la informática..., en fin, de tantos elementos inopinablemente innovadores?
Pues bien; a la vista está que el sistema educativo "occidental" lleva muchos lustros deteriorándose, despeñándose por el precipicio. La semana pasada los docentes catalanes tuvimos que volver a examinar a parte de nuestros alumnos en el marco de una prueba anual de "evaluación interna". Comprobamos, pues, en primera persona hasta qué punto hay que rebajar los niveles de exigencia para que el grueso de nuestros alumnos pueda sentirse capaz de algo. Quienes ya nos enfrentamos a la LOGSE, a mediados de los 90, anticipamos los resultados que este tipo de innovaciones pedagógicas nos iba a deparar. No nos hacían falta instrumentos como la evaluación PISA, tan sólo necesitábamos ver hasta qué punto la educación se sumergía en el juego de la demagogia populista en busca del voto fácil. Al fin y al cabo, la bondad e inteligencia de nuestros hijos está fuera de toda duda, así como también lo está que nuestro talante de padres progresistas y abiertos es la mejor carta de presentación para procurar una buena educación de nuestros hijos. Insinuar lo contrario sería considerado, definitivamente, muy carca.
Estos días ha visto la luz en nuestro país un ensayo que se publicó hace diez años en Francia llamado La escuela de la ignorancia (1). Su autor, el filósofo francés Jean-Claud Michéa, defiende la idea de que la progresiva depauperación de la enseñanza no es más que uno de los síntomas del sometimiento absoluto de nuestra sociedad al capitalismo más salvaje, al que él denomina capitalismo suicida: una ideología que se lanza en
busca del beneficio inmediato sin importarle el precio a pagar en el futuro, sabedor de que podrá imponer sus normas para eludir tales deudas.
Para lograr una imposición efectiva, el capitalismo suicida aboga por la desregulación en todos los órdenes, atacando lo que Orwell llamaba Common Decency, o sea, los usos básicos para que un individuo pueda vivir en sociedad. No en vano, esa ideología pretende una 'sociedad atomizada', cuyos miembros, desconectados entre sí, no opongan ninguna resistencia a un sistema que es radicalmente injusto. O bien, en caso de oponerse, se encuentren tan aislados que cualquier forma de colaboración o coordinación resulte imposible. De ahí el fomento feroz del individualismo, esa tendencia a confundir el egoísmo con la libertad personal, esa exaltación de lo particular en detrimento de lo social.
Un mecanismo muy eficaz con el que potenciar esa estrategia es lo que Zbigniew Brzezinski, ya en tiempos del presidente Carter, denominó titytainment. Esto es: un entretenimiento zafio, basado en la satisfacción instantánea y el espectáculo, que busca acabar con la capacidad de análisis crítico de la ciudadanía.
Y como colofón, se emprende la reforma de los sistemas educativos para que no opongan resistencia a esa nueva y pujante realidad. Se fomenta el entretenimiento y se destierran al esfuerzo y la exigencia para propiciar así el entierro de todos los valores que no estén ligados al egoísmo. Al final, Michéa reformula la clásica pregunta acerca de qué mundo vamos a dejar a nuestros hijos y la deja en algo así como: ¿qué hijos vamos a dejar a nuestro mundo?
(1) incluyo a continuación una opinión autorizada sobre el libro de Jean-Claude Michéa:
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El capitalisme ha iniciat l’ajust necessari entre la productivitat i l’educació. Tots els informes dels experts assenyalen que la nova economia exigirà pocs especialistes tècnics, la tecnologia permet que uns pocs especialistes desenvolupin els sistemes necessaris per al funcionament de l’empresa. D’altra banda, els processos de fusió empresarial redueixen a part de la plantilla de treballadors de base, les ofertes d’alts executius. Amb altres paraules, cada vegada més faran falta millors professionals, però en quantitat més reduïda. I resulta que un sistema educatiu eficient “produiria” una enorme quantitat de treballadors conscients (segurament massa) i ben preparats.
El sistema econòmic no pot absorbir una massa de ciutadans ben preparats. L’escola de qualitat és necessària, però per a uns pocs. La resta del sistema educatiu és millor que no funcioni. La conflictivitat derivada d’un sistema educatiu generalitzat i d’alta qualitat no podria ser suportada pel sistema econòmic, on molts individus ben preparats haurien de competir per molt pocs llocs de treball. Millor deixar-ho tot en mans del darwiniana sistema de selecció natural i que d’un sistema educatiu mediocre surtin per si mateixos els pocs exemplars excel.lents que necessitarà el sistema. L’educació universal i de qualitat no és un objectiu polític. Aquests arguments no són política ficció, sinó que es desprenen dels documents abans esmentats i corresponen a les elits econòmico-polítiques de la globalització.
La lògica d’aquests objectius és aclaparadora. Una de les conseqüències d ‘ “una escola de la ignorància” és la producció sistemàtica de consumidors immadurs, un altre dels engranatges necessaris perquè la roda de la globalització segueixi avançant.
Javier Barraycoa (Profesor del Centro Universitario Abat Oliba CEU) sobre el libro “La escuela de la ignorancia” de Jean-Claude Michéa.





