
Ahora que ya se ha resuelto (¿?) el conflicto de los controladores - esos degenerados salariales que querían dejar el cielo de agosto limpio de estelas de reactor- creo que ya es momento de que intentemos, todos, reflexionar sobre algunas cuestiones elementales referidas al tema que, curiosamente, la prensa no ha repetido centenares de veces, como acostumbra a hacer con lo que está mandado.
En primer lugar, nadie se ha acordado de quienes permitieron que la profesión de controlador continuará teniendo un acceso tan restringido en una España que, oficialmente, ha dejado de ser analfabeta ya hace varios decenios. ¿Tienen ustedes alguna idea de a qué pueden deberse las connivencias entre AENA y ese alguien que olvidó poner el acceso a controlador en el mapa de la formación profesional? Ustedes sabrán como funciona este país… Yo sólo digo que, por ejemplo, la Universidad Camilo José Cela, privada muy privada, ya tiene un curso para controlador por la módica cantidad de 50.000€, sin que ello suponga garantía de trabajo alguno, como se aclara en la información al client… digo, al estudiante.
En segundo término, el salario medio en España es una ridiculez, sobre todo si se compara con el rango de salarios que puede percibir un controlador aéreo. Pero más allá de los merecimientos que estos controladores hayan acreditado para obtener ese sueldo -y esa discusión me la ahorro porque no nos debería distraer lo más mínimo- me parece que el salario medio no es una variable real a tener en cuenta. De hecho, tendríamos que hablar de la escala salarial española para saber algo sobre la distribución de retribuciones en este país. Es más: me gustaría conocer en qué cifras se mueven el trabajo sin contrato, el dinero negro, el dinero blanqueado, las dietas y pensiones extrasalariales, las pensiones vitalicias no contributivas, las gratificaciones y jubilaciones varias, los blindajes contractuales... Y, lo que es más interesante todavía, a qué nivel de gangsterismo, mangancia y caciquismo se ha llegado en materia de relaciones laborales entre españoles del montón y españoles ejecutivillos, mandos o mandos medios.
Y es que se ha insistido hasta la saciedad en comparar los megasueldos de un controlador con los de un trabajador medio -que más que sueldo bien podría denominarse pensión alimenticia- o con los de los profesionales liberales de cierto prestigio, que andan un poco picados y ven muchos agravios comparativos, pero para nada se ha hablado de 'qué' y 'cuánto' ganan los dirigentes de este país, financieros y políticos, y de 'cómo' lo ganan…
En este caso, el ‘qué’ ganan es muy importante, ya que no estaríamos hablando solo de salarios –esa sería la retribución anecdótica- sino también de retribuciones en especie, coches y/o chóferes, créditos blandos, dinerito contante y sonante que no se ve pero se toca, dietas, pensiones vitalicias, gastos de representación, primas varias, amén de incentivos legales y no tanto y un largo etcétera de haberes que esos asalariados de las torres de control no conocen ni conocerán porque no pertenecen a la casta dirigente, por más potentados que puedan aparecer ante la opinión pública.
El ‘cuánto’ ganan estos oligarcas no es menos importante, ya que desconocemos la mayoría de retribuciones de los cargos, consejeros delegados, altos y medios ejecutivos, representantes políticos y demás, parece ser que porque son personajes tan poliédricos y polivalentes que lo mismo sirven para un consejo de administración bancario que para asesores de Telefónica o del primer comité deportivo que se tercie.
Con todo, lo más alucinante viene con el ‘cómo’. ¿Cómo se llega a formar parte del sistema, del meollo? ¿Dónde se estudia eso? Sobran las palabras, ¿verdad? Políticos semianalfabetos, banqueros delegantes, gerentes proactivos, directivos varios que jamás mostrarán su currículum académico o laboral por razones obvias, presidentillos de diputación, directores generales de asuntos del más diverso pelaje, vocales, presidentes de parlamentos, de consejos comarcales, de ferias y turismos, representantes patronales, en fin, el tutiplein al que estamos acostumbrados a ignorar para no hacernos mala sangre. ¿Adivina usted ‘cómo’ llegaron lo que son? ¿Sí, verdad? ¿Cree usted que éstos van a soportar que el hijo de cualquier mindundi, de ésos que les sirven el café, pueda mirarles a la cara y echarles un pulso por un sueldo que ellos consideran reservado a los de su progenie y allegados? ¡Y qué mas! ¡Que hasta un diplomado de universidad publicucha de provincias, por el mero hecho de pasar una selección neutral, se haga con estipendios propios de masterizados en escuelas de negocios! ¿Habrase visto tal despropósito? ¡En este país a lo más que se llega en cuanto al cobro es a médico cirujano! ¡Y porque con la salud no se puede jugar, que si no…! ¡Nada, nada, un telefonazo al ministro del ramo que estos controladores no nos la montan, que después dan mal ejemplo y se nos apuntan a la queja los abogados del estado, inspectores de hacienda, camilleros y hasta guardacríos varios…!
Y el señor ministro, como todos, de lo poco que sabe es que en este país para evitar males mayores hay que dar carnaza a los perros, cultivar las envidias y los agravios, distraer al personal y hacer que se las den entre ellos poniendo a un cabeza de turco de por medio... Cuando no les toca a los paniaguados de los funcionarios, les toca a los magnates controladores y más tarde, al que más beneficio les pueda dar. Dale a tu enemigo más enemigos, divide y vencerás… Y que nadie se llame a engaño, que la batalla no ha terminado aquí: queda mucho servicio por privatizar y mucho profesional por precarizar. Que, al fin y al cabo, esto es como lo de las parcelitas que pasaban de rurales a urbanizables en cuestión de una tarde, en el pleno del ayuntamiento. Todos en el bote, políticos, promotores, banqueros... Y ahora toca con las 'parcelitas' profesionales, que siempre habrá quien 'recalifique' para poner al frente a alguien que se lleve lo suyo. ¡Ah, pero no olviden! Ellos dirán que todo es en aras de la eficacia y del aprovechamiento de recursos…, que hay crisis, que es por el bien del país.






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