
Llenos los bolsillos y fuera ya de la escena mediática -en la que tenían por costumbre aparecer para dictar doctrina económica y pedir el desarme del estado-, los prohombres a quienes en las mejores horas de la bolsa, del ladrillazo, del urbanismo desbocado, de las stock options, de los hedge funds, etc, muchos habían escuchado y casi admirado, ya no están. Han desaparecido. Como por arte de birlibirloque, la capa o la chistera del mago los ha escondido sin que nosotros, bobalicones, siempre mirando hacia otro lado, hayamos detectado su fuga.
En su lugar, y a grito pelado, ha empezado el ritual hispánico por antonomasia: envidias, maledicencias, señalamiento, apaleamiento. Autónomos contra funcionarios, jubilados contra parados, todos contra todos. El cojo deseándoles la silla de ruedas al pedestre; el tuerto, la ceguera al pintor y el sordo de un oído, la sordera total al músico...
Nadie habla de que los veinte millones de nuevos parados de occidente han supuesto idéntico número de nuevos trabajadores en el sudeste asiático o en Brasil... Nadie parece ver que la deuda española está muy desigualmente repartida por la geografía del país (Andalucía, Madrid, Extremadura y Valencia, mayormente). Nadie habla de que nuestra acuciante necesidad de colocar deuda choca, ahora, con la misma necesidad de todos los estados occidentales. Mucha deuda, poca demanda.
Y ellos, los de siempre, se han salido de rositas. ¡Que la chusma se atice mientras van cayendo chuzos de punta...! Ya llegarán los buenos tiempos, cuando todo esté a precio de solar abandonado, y con cuatro dinerillos volverán a comprar títulos de propiedad como quien compra garbanzos...